La flexibilidad en la práctica y en el entrenamiento

Un tema recurrente y central en la práctica deportiva, el estudio, la música o cualquier tarea que se asiente en el proceso de aprender es el de la disciplina.

El mundo gira sobre una idealización del rendimiento, con prácticas cada vez más extendidas basadas en la organización milimétrica del día para exprimir al máximo el recurso más valioso del todos: el tiempo.

Cada vez son más las personas que se suben a este tren, como yo me subí hace mucho tiempo, buscando aprovechar cada segundo de sus horas de vigilia, olvidando muchas veces parte de si mismos por el camino, dejando de lado amistades y placeres para perseguir un objetivo.

Y cada vez son más los problemas que le encuentro a esta forma de vida, con muchos más beneficios que perjuicios, pero siento estos últimos lo suficientemente graves como para pararse un segundo a tomar aire y preguntarse si no habrá una forma mejor de hacer las cosas.

El tiempo es finito y hay que aprovecharlo, la juventud no es eterna y nada dura para siempre. Las cosas siempre se pueden hacer mejor y algunas no se pueden repetir. A veces tienes que elegir entre dos situaciones y una de ellas no se va a volver a presentar de nuevo. Hay días buenos y días malos, muchas cosas escapan a tu control y las que si puedes controlar son más bien pocas.

¿Hay alguna forma perfecta de digerir todo esto?


Cuando empecé a compaginar la carrera con el deporte y con la música empecé a dejar de lado mis amistades. Cuando empecé a atender a mis amistades eso se vio reflejado en mis entrenamientos (esas cervezas del viernes no son las mejores amigas del entrenamiento del sábado).

Por fin conseguí compaginar mis amistades y mis entrenos, pero me encontré con algún que otro examen suspenso y cuando por fin todo lo anterior parecía equilibrarse me di cuenta de que no estaba practicando todo lo que me gustaría con mi instrumento.

Pero lo peor de todo es la culpa que uno siente cuando no está alcanzando esos estándares irreales de rendimiento, a los cuales uno se obliga muchas veces a apuntar , sin pensar en las consecuencias de no llegar tan alto.

Es imposible abarcarlo todo, por eso un buen planteamiento de metas es necesario cuando existe la intención de realizar algo a corto, medio o largo plazo. Este post no va acerca del proceso detrás del establecimiento de metas, pero es necesario que entendamos que no hay tiempo para todo y hay cosas que no se pueden hacer a la vez, incluso dentro de la misma disciplina.

Por eso es necesario asumir antes de empezar cualquier proceso que hay sacrificios que se tendrán que realizar, y es muy importante ser realista con cuales son los precios que uno esta dispuesto a pagar a cambio de una meta.

Aquí es donde entra en juego la flexibilidad, una capacidad necesaria para ser feliz y para tener éxito a largo plazo, que se encuentra por encima de la disciplina en la jerarquía de cualidades deseables para cualquier ser humano.

A mi forma de ver, la flexibilidad es la dosis perfecta de disciplina con la dosis perfecta de comprensión de uno mismo. Comprensión que radica en saber que somos personas imperfectas que cometen errores, que tienen instintos, pulsiones o deseos irrefrenables que muchas veces afloran cuando menos se los requiere, interrumpiendo ese horario perfecto que habías preparado por la mañana.

La flexibilidad es la capacidad de perdonarse a si mismo cuando las imposiciones de nuestra parte más lógica y fría no salen del todo bien. De salir sin auto castigarse de una situación muy humana y muy recurrente, en el entrenamiento y la práctica. Es la capacidad de recoger lo bueno de los errores y no darle más importancia de la necesaria a lo malo.

Pero todo esto, ¿a que viene?


Es la conclusión a la que he llegado como deportista, como estudiante y como entrenador: la disciplina sin flexibilidad tiene las patas muy cortas y se cansa rápido, no podemos olvidar que somos seres imperfectos y no máquinas.

Yo, como mucha gente, siempre tengo demasiados frentes abiertos en mi vida, lo que muchas veces me arrastra a la “parálisis por análisis”, donde de tanto pensar no soy capaz de sentarme a hacer todas esas cosas que debería estar haciendo. Por eso desde hace un tiempo he dejado de lado la importancia que le doy a todos esos horizontes a la vez y he empezado a pensar en “estaciones”.

Durante una estación le dedico la mayoría de mis esfuerzos a algo que atrape mi interés (y que me acerque a mis objetivos), y no dejo que el aburrimiento o el cansancio me obliguen a utilizar medios menos diplomáticos conmigo mismo, como obligarme a hacer las cosas que en teoría debería estar deseando hacer.

Cuando veo que empiezo a flaquear, cambio a otro tema que también me interese y que ha estado “en barbecho” todo este tiempo. Así mantengo la motivación y me alejo de métodos que conviertan mis metas en obligaciones; algo que pocas veces acaba bien.

 

Pero, ¿cómo aplico esto a los entrenamientos?

 Aunque no lo creas, todos los programas de entrenamiento que pretendan extenderse en el tiempo ya realizan en mayor o menor medida esta técnica de flexibilidad. Si has entrenado en un gimnasio te sonarán las etapas de volumen y de definición, de acumulación y de realización, o de carga y descarga. Eso no es más que la aplicación práctica de la flexibilidad dentro de un programa orientado a cumplir unos objetivos de la forma más directa posible y manteniendo al máximo la motivación. Es algo que yo, como cualquier entrenador, utilizo en mis entrenos, y que intento aplicar día a día, atendiendo a mis clientes para ver que tal se encuentran ese día, y ver si son necesarios cambios en lo programado. Es la variedad necesaria sin salirse de la misma dirección.

Es algo esencial para mantenernos centrados en la monotonía de la práctica, que por su propia naturaleza repetitiva produce un desgaste imparable (excepto en algunos individuos muy afortunados) pero fácilmente recuperable con las tácticas adecuadas.

Entonces ¿se puede estar siempre motivado?

Yo pienso que no, y también pienso que aventurarse a decir lo contrario es asumir un gran riesgo. Cuando te encuentras realizando algo que te apasiona y que te hace saltar de la cama por las mañanas pero tienes un día malo y todo lo que lees en internet o ves en YouTube es gente asegurando que si algo te apasiona vas a estar siempre motivado, empiezas a dudar de ti mismo. Empiezas a pensar que a lo mejor eso que estabas haciendo no es lo tuyo, que tal vez deberías buscar algo que te motive siempre.

La pasión y la falta de motivación NO son incompatibles. Es más, son productos de la misma fuente: la persona. La pasión por algo es una fuerza casi animal difícilmente explicable (y sino prueba a hacer entender a otro cómo se siente tu pasión) y que penetra en todas las zonas de tu vida. La motivación es multifactorial, mucho más concreta en el tiempo y no tan controlable como mucha gente cree. Depende de factores muy variados, influyendo algunos desde la sombra y siendo algunos completamente incontrolables.

Por esto es importante ser flexible, es necesario saber cuándo echar el freno y tomar otra dirección antes de acabar estrellándose, y es importante ser suficientemente disciplinado para no abandonar una dirección cuando las cosas no vayan del todo bien.

Aunque es algo “de sentido común”, irónicamente el mundo en el que vivimos nos aconseja e idealiza todo lo contrario: personas hiperproductivas con los días organizados minuto a minuto y que siempre están motivados sea cual sea la situación. No niego que no existan personas capaces de vivir con esas reglas, pero no somos la mayoría.

Por todos lados surgen corrientes con “el mejor plan para mantenerte motivado”, videos con “la rutina de mañanas con la que estar siempre motivado”, el blog donde se predican los “10 técnicas para estar siempre motivado”. Todo esto tiene algo de verdad y algo de mentira: existen formas de dar vida a la motivación y alargarla en el tiempo, pero negar que la motivación pueda (y te aseguro que lo hará) desaparecer temporalmente es una idea peligrosa.


Algunas reflexiones para acabar
:

 

  • La motivación no es infinita, al contrario, encuentra su final eventualmente y no debemos castigarnos cuando no la encontremos. Debemos confiar en nosotros mismos y si es necesario, aflojar un poco la cuerda para poder respirar. Si algo te apasiona de verdad la motivación volverá cuando estés descansado.

 

  • Desconfía de absolutismos sobre la motivación. Todo lo que te venda “motivación permanente” es mentira por definición.

 

  • La motivación sigue (normalmente) un proceso cíclico donde aparece y desaparece. Es propio de cada individuo y te animo a que te observes a ti mismo en cada uno de los dos estados para encontrar qué te viene bien a ti.

 

  • Si nunca encuentras la motivación en ningún lado a lo mejor deberías mirar en otra parte. Parte del proceso es equivocarse y no hay nada de malo en cambiar de dirección y buscar algo que despierte pasión en ti.

 

  • No se puede hacer todo a la vez, ni se puede hacer todo en la vida. Esto es precisamente lo que le da valor a las cosas que hacemos: el sacrifico que implican al elegirlas frente a todas las demás. Esto debe plantearse cómo algo bueno y no como una “crueldad” de la vida.

 

  • Escucha todo lo que tu cuerpo diga, incluso cuando te pida cosas que “se salgan del plan”. Valora hasta que punto interceden o no con tus objetivos y se flexible pero también disciplinado, no te dejes arrastrar por la gula pero tampoco te castigues cuando no salgan las cosas como esperabas.

 

  • No dejes que ideales de terceros deformen tu propia percepción de lo que deberías ser. No todos somos iguales y compararse con Elon Musk solo va a hacerte empequeñecer.

 

Quiero acabar con una pequeña analogía de un gran amigo y aun más grande mentor, que ha influido mucho en mi forma de pensar el proceso de practicar, entrenar y aprender:

La vida (o la práctica de algo) es un árbol con muchas ramas, y con más ramas pequeñas a su vez. Cada una de esas ramas es explorable y todas tienen algo que aportar. El objetivo es aprender lo máximo posible ese árbol y no una sola rama. Cuando hayas invertido cierto tiempo en una rama y sientas que empiezas a aburrirte, cambia a otra y observa cómo lo que has aprendido se desarrolla en este nuevo entorno, mientras aprendes algo nuevo. Así siempre estarás expuesto al reto de aprender y no caerás en el agujero de la monotonía.

Elige tu rama y empieza a explorar.

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El principio de la psicología deportiva: la comunicación

Este post es un breve esbozo de una idea que se puede desarrollar prácticamente sin final, clave en la psicología deportiva, y que se debería encontrar por debajo de todo lo que hacemos como entrenadores, igual que los cimientos de un edificio.

La comunicación es la idea más valiosa que esta profesión me ha enseñado, y si tuviese que ordenarla respecto a otras, la colocaría por delante de la planificación, el material, la técnica o el ejercicio mismo. Infravalorada y muchas veces pasada por alto es precisamente lo único que no puede fallar. Condición sin la cual el resto de las ramas del árbol del entrenamiento nunca crecerán fuertes, ni darán fruto.

El error número uno de la comunicación, y que se ve acentuado en contexto de grupo, es utilizar una sola forma de transmisión del conocimiento, esto es: hablar como si solo tuviésemos una persona delante. Haciendo esto, nuestro éxito depende de la suerte y de lo organizados que sean nuestros alumnos a la hora de corregirse entre ellos, lo cual nos hace culpables de lo que salga mal y nos impide asumir la gloria de los logros grupales.

Aunque el propio contexto de grupo impide el referirnos uno a uno a nuestros atletas (y ahí radica la ventaja número uno de las clases reducidas o individuales), utilizar más de una forma de transmisión de la información multiplicará exponencialmente la posibilidad de que todo salga bien y nuestro trabajo no caiga en saco roto.

Esta “individualización” del mensaje necesita de algo muy sencillo pero que requiere de mucha paciencia y, sobre todo, de mucha constancia en el tiempo. Una pieza clave de la psicología deportiva y fundamental en las relaciones: la comunicación, y como veremos más adelante, su forma.

Entrenamientos personales

Conoce a tus atletas

Igual que utilizas el inglés cuando te refieres a angloparlantes, y nunca se te ocurriría llamar de usted a un bebe de 10 meses, conocer a nuestro interlocutor va a moldear nuestra comunicación de forma que esta se adapte a la experiencia previa, la personalidad, las expectativas y la forma de relacionarse con el mundo de nuestro cliente.

Pero, ¿hasta qué punto tengo que conocer a la gente?

Hasta el punto en el que sientan que lo que tienes que decir es relevante y, además, seas capaz de llevar tu mensaje del punto A al punto B de la forma más eficaz (no olvidemos que las clases son de 60 minutos).

Las personas necesitan ser escuchadas. Sentir que alguien se interesa de forma genuina por nuestro discurso es de las cosas más gratificantes que se pueden sentir, y es triste que a veces los entrenadores tengamos mucho de esto en la dirección entrenador-cliente, pero no al revés. Pecando a menudo de situarnos en la posición de emisor en las relaciones con nuestro cliente.

Dedicar recursos a aprender un poco cada día de la otra persona es una inversión que a largo plazo influirá en la expresión de la confianza y el rendimiento en los entrenamientos, pues la motivación será mayor al aprender de alguien que sabes que te escucha.

Este efecto, además se multiplica conforme va pasando el tiempo y se construye la confianza, igual que cuando necesitas un buen consejo acudes a un buen amigo, si logras vincularte a tus atletas estos acudirán de forma honesta para escuchar lo que tengas que decir.

Conocer al cliente o atleta no es solamente saber su nombre y su lugar de trabajo, es más bien un proceso vivo que se adapta conforme el tiempo pasa. Conocer a otra persona tiene mucho de intención y de lo que el otro percibe que tú intentas lograr cuando ellos te cuentan algo. Es fundamental que la otra persona sea consciente de tu atención.

Es un proceso constante y no una bolsa que se va llenando de información, una forma de relacionarse sincera dónde tu escucha es activa y no existen distracciones internas o externas en la relación persona a persona.

Entonces, ¿mis alumnos son mis amigos?

Aunque de nuevo, este es un tema para escribir un post sobre psicología deportiva (lo haré más adelante), como norma general existe un equilibrio perfecto para cada relación, donde los roles de alumno y entrenador permanecen intactos, mientras que la confianza de una amistad mejora la forma de relacionarse de las dos personas.

Una vez tengas un grupo que confíe en ti y que esté dispuesto a escucharte de forma activa, el siguiente paso es utilizar una forma que se adapte a las expectativas y a la forma de entender que tienen nuestros alumnos.

entrenamiento personal

Algunos tipos de atletas (Ampliable y según mi experiencia)

  1. Hay personas muy analíticas que prácticamente necesitan saber los vectores de fuerza de cada movimiento y, además, saber la finalidad dee cada paso que dan dentro del gimnasio.
  2. También podemos hablar del “soldado”, que solo quieren que alguien les grite lo que tienen que hacer al estilo de “la chaqueta metálica”.
  3. Los hay también que no entienden de vectores y aprenden mejor copiando lo que tú hagas. Normalmente personas con facilidad para los deportes.
  4.  Otros necesitan que utilices pistas táctiles para que aprendan a utilizar su cuerpo.
  5. Y lo contrario, un grupo que no soporta que lo toquen y funcionan bien con explicaciones verbales.

Habrá quién te ponga en duda cada cosa que digas y habrá quien, por vergüenza, no te diga que tiene una lesión y hay ciertos ejercicios que no debería hacer.

Obviamente, en estas categorías no englobamos a todas las personas que te puedes encontrar en la psicología deportiva, pero es un buen punto de inicio que te puede ayudar a organizar tus ideas.

Por esto, es importante que miremos atentamente a cada alumno y sepamos no tanto el qué decir, sino cómo hacerlo.

La finalidad de este post no es excavar profundamente en cada personalidad y ofrecer una solución total para todas las situaciones (la cual no existe). Más bien, busca devolver la importancia que tiene relacionarse de forma sincera con la gente con la que entrenas y a la que enseñas y la necesidad imperiosa que tienen las situaciones de aprendizaje de una relación bien estructurada y bidireccional.

En resumen, la mejor herramienta que tenemos los entrenadores es la capacidad de atender a la gente con la que trabajamos, observar bien lo que tenemos delante antes de intentar cambiar nada y ser suficientemente humildes como para reconstruirnos constantemente sobre lo que ya sabemos para adaptarnos a la gente nueva que vaya llegando. Esto es la psicología deportiva.

Prueba distinta formas de hacer las cosas, aprende sobre la marcha y no dejes de atender al feedback que tus alumnos te van a dar, muchas veces sin darse ellos cuenta.

No existe la forma perfecta de entrenar, pero sí la actitud perfecta de trabajo.

 

“Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de otros”

Martin Luther King

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